jueves, 29 de julio de 2010

"La fuerza del Hiyab..."


Llegué y no pude dejar de pensar en todo lo que había visto.

Adoro la música marroquí, la comida y el adorno, todo lo que lleva la impronta de esa cultura me apasiona, todo menos el pensamiento, ése me deja sin recursos y sin ganas de entender.

En mi viaje, en esta aventura, hubo algo que me asaltó por sorpresa, no contaba con sentir un pellizco en el corazón al cruzar algunas de sus calles y sentir que había retrocedido cien años en el tiempo, lo había intuido muchas veces, me lo había imaginado, pero no había sido testigo.

No tengo esa edad, no vi el siglo pasado, tan sólo un retal de su final pero, por las imágenes que llevo dentro, muchas cosas me dicen que las calles de otros países de antaño eran iguales que las de estas ciudades ahora.

Baldosas partidas y sin muestra de haber sido cepilladas nunca, manos mendigando a escondidas para no ser reprimidas, rostros detrás de pañuelos que no se plantean si quieren llevarlo o necesitan sentir el aire en sus cabellos, hombres detrás de los puestos del zoco llegando a un acuerdo sobre el precio que pagar por lo que ese día se ofreciera.

Mucha necesidad vi en sus calles, mucha pobreza en sus plazas, casi nada de luz en las ventanas, y muy poca esperanza al cambio.

La foto que ilustra este post está hecha en una Mezquita, lugar donde es obligatorio llevar el Hiyab. Quise ponerme en la piel de las mujeres islámicas, cubrí mi cabeza como lo hacen ellas, pero nunca podré ponerme en sus lugares. Por mucho que quisiera acercarme a lo que sienten no podría vivirlo como ellas lo viven, es curioso pero no se plantean una vida de otra manera. Tan sólo algún resquicio de nuevas generaciones reaccionan ante sus normas, y hacen lo indecible por saltárselas, pero no son muchas, la mayoría asiente y consiente. Me lo imagino como aquél tiempo que vivieron mis abuelos en el que unos pocos empezaban a pensar de manera diferente y se atrevieron a dar el salto que fue cambiando poco a poco nuestro país, pero mientras, el resto, callaba y no podía decir más.

Hoy más que nunca doy gracias a los que pelearon porque la democracia fuera algo en lo que pensar y no con lo que soñar, doy gracias por poder decidir dónde y cómo quiero vivir, doy gracias por la fe, esta que me sostiene pero que no me impone un culto por obligación.

Hoy más que nunca pienso en qué tendría que pasar para que este pueblo que tanto me gusta diera un paso hacia adelante y empezara a ser libre.

Hoy me planteo qué harán para conseguir la libertad, sinceramente: no encuentro respuesta.
Quizá todavía sea pronto, quizás el Hiyab tira por sí solo y todavía tiene demasiada fuerza, quizá, no lo sé.

Un abrazo

Sue

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