viernes, 19 de marzo de 2010

"Bendita la luz..."

Bendita la luz de tu mirada, bendita sea.
Bendita la hora en la que mi madre supo desde su vientre que vería el mundo desde los ojos de los que ya se cansaron de mirar.
Benditas las manos arrugadas de mis abuelos que me llevaron en volandas a lo que es mi presente inmediato, bendito pasado.
Bendita es la vida por regalarme la oportunidad de ser el recuerdo de los que perdieron la noción, bendito el momento en el que mi vocación como lo que soy se reescribió y no vaciló ni un instante.
Dejé una carrera exitosa de la ciencia , porque sabía en lo más profundo de mí que una mirada perdida daría mucho más sentido a mi vida que mil experimentos salvados. Dejé cuatro años de estudios entre laboratorios y ratones para llegar a trabajar con el misterio más grande de este mundo: el poder del amor aún cuando la razón se emborrona con la pérdida.
Benditas las horas de silencio al lado de los que no quieren hablar porque se olvidaron de cómo se hace, bendito el rincón que me acoge a diario y me hace sentir parte de una parte del mundo de los sueños.
Benditos genes que, a cambio del sacrificio en otras parcelas, me regalan la admiración por esta profesión que adoro, que me roba el sueño, el tiempo, las fuerzas, pero me da la ilusión, la vida, el ímpetu, las ganas.
Cuando no podía hablar, los abrazos fueron mi terapia. Cuando no supe reir, la paciencia del que nada espera salió a mi alcance.
Bendito lugar que me acoge día a día y no me pide cuentas de los gramos de felicidad que empleo, soy yo la que llego a casa pesando cada día un poquito más.
Bendita locura que hace que adore este mundo de locos, ser el timón del que ha perdido el rumbo y el faro del que pensó que no existía tierra firme, ese es el mejor regalo y recompensa a lo que hago.
"¿Y tú quién eres?", pregunta muy frecuente entre estas personitas a las que adoro. Ellos no saben quién soy, pero yo sí quienes son ellos.
Benditas almas que reconfortan la mía.
Cuando llego a casa, a veces, cansada de tanto sin sentido, de repetir lo mismo mil veces, de no tener la certeza de haber hecho un trabajo eficaz, recuerdo el día y el momento en el que pisé con firmeza este jardín de mentes perdidas. Es entonces cuando recupero la seguridad de saberme en el lugar que amo, es entonces cuando levanto de un golpe y nada me cansa, es entonces cuando no me importa repetir una y mil veces: "No, Manolita, no soy tu madre, pero si quieres puedo ser tu hija por un día".
Bendita la hora en la que apreté las arrugas del tiempo y las hice parte de mí, ellas vienen a salvarme la vida.
Gracias a todos, a todos los que me aguantáis día tras día con mi impaciencia por enseñaros a recordar.
Y si el recuerdo no viene porque el Alzheimer se lo llevó, pongo el amor, eso no morirá jamás.
Os quiero, sois parte de mi felicidad.
Sue
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